Sobre el primer cuarto empecé a pensar “Whadafáh?” Pero mi sorpresa es que me encanta esa shit.
(Source: Spotify)
“La derecha en este país me ha enseñado que la izquierda hace avanzar la democracia” (Jose Luis Rodríguez Zapatero, ex-presidente de España, miembro del Consejo de Estado)
LA DEMOCRACIA (I)
“¡No discutáis!” dijo la sociedad. “La democracia es la voz de la mayoría, no la del individuo!” Y todos callaron, por la democracia. “¡Viva la democracia!” dijo la voz del pueblo. Y nos adaptamos. “Los moralistas deberán ser castigados y silenciados sistemáticamente” dijo la sociedad, magnánima como siempre. Y entonces, la palabra “discriminar” obtuvo un carácter peyorativo: dejó de ser “diferenciar” para pasar a ser “someter”. Los que piensen de otra manera, los desarraigados, todos aquellos que decidieron mantener su estúpida creencia de “libertad”, todos esos “moralistas” pasaron a ser denominados “disidentes” o directamente “locos”. Nada valía. El pueblo mandaba. El individuo se había convertido en algo desfasado, pasado de moda, y las personas le dejaron la capacidad de decidir a la mayoría, ellos se desentendían, preferían delegar. Mientras tanto, en el parque, un niño preguntaba a un padre “Padre, ¿por qué mi hermano se ha ido?” y la respuesta fue contundente, cortante como el frío, sorprendente como el pinchazo de una rueda. “Porque estaba en contra de la mayoría”.
Por aquel entonces, y así sigue siendo ahora, todo radicaba en que la guerra la habían ganado los que tenían que ganar, y cuando se acabó su régimen moralista y dictatorial, se proclamó aquello de la democracia. Y ese amor cuasi obsesivo por la libertad nos hizo perderla súbitamente. Casi ni pudimos disfrutarla. Nos enseñaron que, para ganar, no podíamos separarnos. Todo por el bien común. Todo intento por posicionarse en contra de la mayoría, era interpretado por los miembros de esta como un ataque a su libertad y al sentido común. Al final, las diferencias fueron tan limadas, y durante tanto tiempo, que todos eramos iguales. Mismo molde. Opinábamos todos lo mismo. Y ya no había discrepancias, o al menos no se conocían. Siendo todos tan iguales, decidimos (por unanimidad, claro) que la opinión de uno podría valer para todos, ya que era la misma. Así pues, elegimos a un único representante de nuestra voluntad. Todos eramos felices. Apenas se recuerda qué significaba aquello que algunos viejos locos llaman aún “tristeza”.
¡Viva la democracia! ¡Viva la libertad! ¡Viva la igualdad!
LA LIBERTAD (II)
“Individuo”, te llaman, y pretenden ofender así; y no sé qué me parece más estúpidoque me insulten aludiendo a mi singularidad, o a mi libertad de pensamiento y defensa de éste (moralismo).
Ahora creo que se llama “conciencia de clase” . Dios Santo, nos convenciero0n de que éramos distintos a ellos, y de que todos nosotros éramos semejantes. Todo se reducía en “opresores y oprimidos”. Las palabras “miedo”, “tristeza”, “envidia”, son palabras ahora prohibidas, excepto si se refieren a los otros. Y yo ya estaba cansado del miedo, del miedo a los míos.
Fue extraño cómo llegamos a esto. No hubo guerra, ni violencia, fue justo lo contrario; la primera revolución no nacida de la indignación. Primero creímos que la sociedad estallaría con ira y odio, y venganza; pero no. Apareció la resignación, y de ella nació la indiferencia. Y entonces ocurrió lo que nadie pensó que fuera posible que ocurriera en nuestro sistema democrático y supuestamente libre. Renació la indignación, pero con un matiz determinante, era indignación hacia aquellos que pensaban distinto.
La presión de grupo fue brutal. Lo políticamente correcto se convirtió en lo únicamente válido. A partir de ese momento, nadie podía ya parar El Gran Cambio. Y decidimos reunirnos en pequeñas asambleas. En esas reuniones confiábamos en que el gobierno parara aquello, pero era demasiado tarde; cambiando la base, la cúspide era inservible.
Nunca le había dado importancia a las palabras. Me enorgullecía de mi pragmatismo, pero ahora era necesario fijarse en todo. En donde yo vivía, el lugar que antes se conocía como “Asturias”, que ahora se llamaba Zona Norte 2, se solía usar mucho la expresión “ye lo que hay”, y eso era el colmo de la aceptación de los dictámenes del destino; como siempre, delegando y evadiendo responsabilidades; admitiendo que no somos los administradores ni de nuestra vida; bueno, sólo para lo malo, para lo bueno sólo sabíamos echarnos rosas. Esto aparece recogido en el libro “El génesis del Gran Error”, escrito por el equipo de intelectuales de la Resistencia, es decir, de aquellos lo suficientemente adultos para recordar la historia, y lo suficientemente cuerdos para recordarla; y no quedaba mucha gente cuerda.
El ser humano es un ser social, y El Gran Cambio se dedicó con gran afán a borrar la memoria histórica para reescribirla. Convencieron a la gran mayoría, y eso era lo que valía. Aquello hizo que muchos de los que no aceptaron el nuevo régimen se volvieran locos. Habían perdido su referente de lo que real y lo que no, ¡se lo habían robado!
EL GRAN CAMBIO (III)
Una vez encontré un libro que hablaba de un método para tener control sobre la sociedad. Constaba de presentar la realidad socioeconómica con factores contradictorios a lo largo del tiempo. Así pues, en un estado que atravesaba una crisis, desde gobierno un día se decía que todo parecía mejorar, y al día siguiente se demostraba que no. De esta manera, la gente se veía desconcertada, nadie sabía lo que pensar. El libro llamaba a esto, “niveles de miedo”. Según nuestros documentos, esto ocurrió así en un principio, y todo salía según lo previsto, pero el experimento se les fue de las manos. Según un criterio sociológico, las masas tienden a seguir a un líder, y por tanto a confiar en él casi ciegamente, pero este desconcierto generado por las continuas contradicciones hizo que la sociedad perdiera la sensación de estar liderada, lo que llaman un acefalismo. Y fue entonces cuando comenzó la indiferencia, porque no había nada en lo que confiar, ni nada a lo que seguir; nada a lo que obedecer. Ante esto, los grupos llamados “anarquistas” creyeron que esta situación desembocaría en la pérdida de la jerarquía inherente al sistema. No fue así.
En la entonces conocida como Unión Europea surgió un nuevo partido: “Movimiento por el Gran Cambio”. Empezaron ganando en el Distrito Griego, y de ahí se extendió al resto de Gran Eurasia. Entraron en nuestros países, sin hacer ruido. Nos ofrecían un cambio, un cambio a la discriminación, a la crisis, al capitalismo; sin nacionalismos, sin ideologías… “Todo es nada, nada es todo”, sin -ismos, con sólo una idea, una petición al pueblo: Confianza en el líder. Y ésta pasó de ser una cuestión de confianza, a ser pura devoción. Así, convertimos la libertad en un dogma.
“¡No discutáis!” dijo la sociedad. “La democracia es la voz de la mayoría, no la del individuo!” Y todos callaron, por la democracia. “¡Viva la democracia!” dijo la voz del pueblo. Y nos adaptamos. “Los moralistas deberán ser castigados y silenciados sistemáticamente” dijo la sociedad, magnánima como siempre. Y entonces, la palabra “discriminar” obtuvo un carácter peyorativo: dejó de ser “diferenciar” para pasar a ser “someter”. Los que piensen de otra manera, los desarraigados, todos aquellos que decidieron mantener su estúpida creencia de “libertad”, todos esos “moralistas” pasaron a ser denominados “disidentes” o directamente “locos”. Nada valía. El pueblo mandaba. El individuo se había convertido en algo desfasado, pasado de moda, y las personas le dejaron la capacidad de decidir a la mayoría, ellos se desentendían, preferían delegar. Mientras tanto, en el parque, un niño preguntaba a un padre “Padre, ¿por qué mi hermano se ha ido?” y la respuesta fue contundente, cortante como el frío, sorprendente como el pinchazo de una rueda. “Porque estaba en contra de la mayoría”.
Por aquel entonces, y así sigue siendo ahora, todo radicaba en que la guerra la habían ganado los que tenían que ganar, y cuando se acabó su régimen moralista y dictatorial, se proclamó aquello de la democracia. Y ese amor cuasi obsesivo por la libertad nos hizo perderla súbitamente. Casi ni pudimos disfrutarla. Nos enseñaron que, para ganar, no podíamos separarnos. Todo por el bien común. Todo intento por posicionarse en contra de la mayoría, era interpretado por los miembros de esta como un ataque a su libertad y al sentido común. Al final, las diferencias fueron tan limadas, y durante tanto tiempo, que todos eramos iguales. Mismo molde. Opinábamos todos lo mismo. Y ya no había discrepancias, o al menos no se conocían. Siendo todos tan iguales, decidimos (por unanimidad, claro) que la opinión de uno podría valer para todos, ya que era la misma. Así pues, elegimos a un único representante de nuestra voluntad. Todos eramos felices. Apenas se recuerda qué significaba aquello que algunos viejos locos llaman aún “tristeza”.
¡Viva la democracia! ¡Viva la libertad! ¡Viva la igualdad!